Prólogo - Prólogo. Una introducción al carnismo.

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Prólogo - Prólogo. Una introducción al carnismo.

Lo que se dice por ahí es que "si a un niño lo educamos en la compasión con los animales difícilmente le hará daño a otro ser humano cuando sea adulto"
Aquí el prólogo del citado libro:
Hay algo que siempre me ha costado entender. A muchos de nosotros; no, mejor dicho, a la mayoría de nosotros nos gustan los animales. Aunque hay algunas personas que no, la gran mayoría adoramos a los perros, los gatos y la fauna salvaje que enriquece nuestras vidas.
Muchos de nosotros disfrutamos de la compañía de animales. Los llamamos «mascotas» y les tratamos como a miembros de nuestra familia; pagamos su comida y las facturas del veterinario, les dejamos dormir en nuestra cama y lloramos cuando mueren. Establecemos con ellos relaciones que nos enriquecen profunda-mente como seres humanos. ¿De donde surge este vinculo? ¿Por que nos conmueven tanto. ¿Es porque nuestros compañeros ani-males nos llegan al corazón y fomentan una intimidad de valor incalculable?

Me llena de agradecimiento que, como seres humanos, podamos establecer vínculos tan importantes y satisfactorios con criaturas de otras especies. Estoy convencido de que esta capacidad es uno de los factores principales que hacen del ser humano algo tan extraordinario.  Sin embargo, hay una pregunta que me quema el alma; es esta: ¿por qué queremos tanto a nuestros animales de compañía, a los que llamamos «mascotas» y con quienes forjamos relaciones que aumentan nuestra calidad humana; pero al mismo tiempo llamamos «comida» a otros animales y, en virtud de esa distinción semántica, nos creemos con derecho a tratarles con tanta crueldad como sea necesaria para reducir el precio por kilo-gramo?

 Porque eso es lo que hacemos, literalmente. Por ejemplo, en los cincuenta estados de EE. uy. hay legislación que prohíbe el maltrato animal. Aunque la legislación concreta difiere de un es-tado a otro, hay un aspecto invariable: en todos y cada uno de los estados, la ley que prohíbe la crueldad con los animales deja al margen de la misma a los animales destinados al consumo huma-no. En todos y cada uno de los 50 estados, si criamos a un animal para obtener carne, leche o huevos, tenemos libertad para some-ter a ese animal a un trato y a unas condiciones que, de tratarse de un perro o de un gato, nos llevarían a dar con los huesos a la cárcel.

El resultado es que tenemos un sistema industrializado de producción de alimentos de origen animal y un sistema de explotaciones semejante a fábricas que no están sometidos a ningún tipo de normativa que les impida torturar a los animales «a su cuidado». Los procedimientos operativos estándar no están diseñados para ser crueles. No es ni su objetivo ni su intención. Están diseñados para ser rentables. Lo que sucede es que, si lo más rentable es con-finar a los animales en condiciones semejantes a las de Auschwitz o Dachbau, eso es lo que sucederá. Y eso es lo que sucede.

Cuesta describir con precisión el terrible trato al que se somete de forma rutinaria a los animales de cría en la actualidad. La industria sabe que la población general es amante de los animales, por lo que se esfuerza al máximo en impedir que el público descubra lo que sucede en las naves sin ventanas donde hay decenas de miles de gallinas encerradas y hacinadas en cajas hasta el punto que, durante toda su vida, no podrán desplegar las alas ni una sola vez; les cortan el pico para que no se mutilen y se maten entre ellas, enfurecidas por el modo en que se las obliga a vivir. La industria no quiere que sepamos cómo viven los animales cuando se les prepara para el sacrificio. No quieren que sepamos que las vacas lecheras viven también hacinadas en unidades de engorde, donde apenas pueden moverse y donde jamás probarán un brote de hierba. Por eso, la industria nos inunda con campañas publicitarias que afirman que «este fantástico queso procede de vacas felices» y nos muestra imágenes de vacas pastando tranquilamente en valles verdes.
Nos muestran anuncios con vacas felices, gallinas felices... Y todo es mentira. Es completamente deshonesto, pero no ilegal. Puede hacer lo que se le antoje con un animal del que vaya a vender la carne, la leche o los huevos y puede mentir tanto como quiera al respecto, gracias a la distinción semántica que hemos hecho entre unos animales y otros. A unos los queremos; a los otros, no solo los matamos sino que los torturamos.

Y, de algún modo, conseguimos racionalizarlo y olvidar que todas esas criaturas tienen algo increíblemente importante en común. Todas ellas respiran el mismo aire que nosotros. Todas ellas forman parte de la comunidad terrestre. Alguien muy sabio dijo una vez que «Todas las criaturas de Dios tienen su lugar en el coro».

 En Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas, Melanie Joy explora, de un modo brillante, el sistema de creencias que nos lleva a amar a unos animales y no a otros, a comernos a unos animales y no a otros y a tratar bien a unos animales, pero no a otros.

No se trata de un libro importante. Se trata de un libro crucial. Si queremos sanar nuestra relación con el reino animal, debemos escuchar, y escuchar con mucha atención, lo que Melanie Joy tiene que decirnos.

 Debemos recuperar la conexión con todos los animales. Y no solo por su bien. Hay mucho más en juego que el derecho animal. Es cuestión de responsabilidad humana. Enseñar a un niño a no pisotear a las orugas es tan beneficioso para el niño como para las orugas. Mahatma Gandhi dijo una vez: «Podemos medir la grandeza y el progreso moral de una nación por el modo en que trata a sus animales». No creo que se refiriera únicamente a algunos animales; no creo que se refiriera únicamente a nuestras mascotas.

Creo que a Gandhi le hubiera encantado Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas. Se trata de un libro que puede hacerle cambiar su manera de pensar y de vivir. Le llevará de la negación a la toma de conciencia, de la pasividad a la acción, de la resignación a la esperanza.

Aquí las primeras páginas del libro, en PDF, online.
JOHN ROBBINS, verano de 2011.

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