El amor es una neurosis, una patología.

Esto sucede cuando"el discurso no va de la mano con lo que se lleva a la práctica"...Bien dicen en oriente que: "Allá arriba, en la nube de lo que pensamos logramos muchas veces cierto grado de pureza, al hablar sobre lo que estamos pensando hemos descendido y empezamos a justificar patrones, conductas, conveniencias...Y ya inmersos cara a cara con la acción resultamos no-haciendo lo apropiado o mejor, haciendo casi nada de lo que habíamos pensado, incluso hasta en plena contravía...La civilización occidental se ha fragilizado considerablemente cuando concedió un valor absoluto a un sentimiento neurótico: el amor. Esta patología
ha destruido tanto los resortes demográficos como el instinto de defensa. Es una herencia cristiana laicizada. ¿Estamos diciendo que el odio debe que ser el motor de las civilizaciones conquistadoras y creativas? No. El “amor” es una forma patológica y enfática de la solidaridad que conduce al fracaso y, paradójicamente, al odio y a la masacre, tanto personal como colectiva. Las guerras de religión y los fanatismos actuales de las religiones monoteístas del amor y de la misericordia así lo muestran. Y el comunismo estaba fundado sobre el “amor al pueblo”.
   Entre naciones, se debe de tener varios aliados (provisionales), pero nunca amigos; entre individuos es mejor decir: “te aprecio” que “te amo”, y funcionar según la lógica de la alianza que según la donación ciega –e inconstante- del amor. 
   El amor es absoluto, es decir totalitario. Los sentimientos y las estrategias humanas son cambiantes. Al verbo amar, tanto en política como en las relaciones personales, se tiene que preferir la paleta politeísta: apreciar, admirar, aliarse, pactar, proteger, ayudar, querer, desear, etc. 
   No se tendría que tener niños porque los cónyuge se aman, como un regalo, sino porque el procrear es digno para transmitir la estirpe. 
Hoy, la mitad de los matrimonios se rompen, ya que están fundados sobre un sentimiento de adolescentes enamorado, efímero, que desaparece rápidamente. Los matrimonios durables son aquellos que están calculados. 
   Igual ocurre en la educación de los niños, que también fracasa porque practica una adulación beatífica de la prole, subproducto del amor, que destruye la legitimidad de los padres, sentidos como carneros enamorados. También las políticas fracasan, porque su ideología y sus practicas están impregnadas de las escorias del amor –buenos sentimientos, angelicalismo, humanitarismo, pietismo, masoquismo, altruismo hipócrita- en lugar de apoyarse sobre la voluntad de decisión de aplicar, hasta el objetivo final, su política. 
   Esta civilización, fundada implícitamente desde hace mucho tiempo –demasiado tiempo - sobre el concepto falso de amor, deberá volver un día a la alegoría de Don Juan, el “antiamor” por definición. 

  Arqueofuturismo. 
Faye
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