La Carta de Lord Chandos. (Negación del lenguaje) - PDF. Descargar.

Viena, a finales de siglo XIX, se erigió como centro de interés literario. La discrepancia entre la realidad y la apariencia de esta época vienesa, y las contradicciones de treinta años de monarquía, junto con la preparación del aniversario del emperador austriaco Francisco José,  en la sociedad austriaca anterior a 1914, fueron abordadas por Musil, en su novela “El hombre sin atributos”. Reflejó  la crisis del racionalismo que se dio en la época,
y la búsqueda por nuevas fórmulas de expresión.
La literatura, pues, de fin de siglo, se caracteriza fundamentalmente por el escepticismo lingüístico y científico, y por el auge de un movimiento esteticista que pone en duda la competencia de la literatura realista o naturalista para la descripción de la realidad.
Hugo von Hofmannsthal:
Nace en 1874. De familia aristocrática. Recibió formación jurídica. Fue representante del simbolismo vienés, y escribió, entre otras obras, un texto de gran interés literario, psicológico y filológico que fue clave en su vida. El texto en cuestión es “Ein Brief” (“Una carta”) de Lord Chandos.
En la carta, un joven escritor (personaje ficticio creado por Hofmannsthal) confiesa al filósofo Francis Baicon, los motivos que le han alejado de su antigua afición a escribir. El tema de la carta, “el cuestionamiento de la veracidad del lenguaje y sus carencias para explicar la realidad”, fue tratado también por Nietzsche (“Gaia Ciencia”) o Wittgenstein (“Tractatus”) dentro de esta corriente de escepticismo lingüístico.
En la carta (con fecha 22 de agosto de 1603), Lord Chandos, explica que comenzó a sentir malestar al encontrar “imposible expresar un juicio sobre […] cualquier cosa”. Escribe también que “las palabras abstractas, se me desmigajaban en la boca igual que hongos podridos”, dando a entender que ha tomado conciencia de que el sistema de la lengua no es la realidad misma, y que, además, la distancia entre el signo lingüístico y el objeto denominado falsifica el mundo. Ya no es solo que las palabras no sean la realidad misma, sino que la lengua, al ser un incompleto instrumento clasificador, empobrece el mundo de las percepciones.
Lord Chandos antepone la percepción física de las realidades, sin interpretaciones por medio de palabras,  puesto que resuelve que el lenguaje no sirve para describir la vida. Renuncia a la clasificación de la realidad mediante la utilización de las palabras, deja de escribir, y renuncia a la poesía lírica.  Fuente
***
(En este video se habla de la historia y el contexto en que se escribe dicha carta)






En esas páginas implacables de 1902, el personaje Chandos confesaba al filósofo Francis Bacon: «Mi caso es, en dos palabras, el siguiente: he perdido completamente la facultad de pensar o hablar con coherencia sobre cualquier cosa. Al principio, se me fue volviendo imposible discutir sobre un tema elevado o general y pronunciar aquellas palabras tan fáciles de usar que cualquier hombre puede servirse de ellas sin esfuerzo. Sentía un malestar inexplicable sólo con pronunciar 'espíritu', 'alma' o 'cuerpo'.  Tomado de Wikipedia


... la Carta de Lord Chandos(Alianza, 2008- Trad. Antón Dieterich/Pilar Estelrich), de Hugo von Hofmmanthal, fechada en 1901, trata del lenguaje y de su imposibilidad para expresar las «verdades fundamentales y profundas de la vida», como apunta George Steiner.
Lord Chandos, joven y brillante poeta, anuncia en una carta al filósofo Francis Bacon su intención de no escribir más, de sumirse en el silencio, «frente a la repetida agresión de la vida moderna», para decirlo en palabras de Claudio Magris.
La decisión es fruto de un proceso que se inicia cuando siente «un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma" o "cuerpo"», palabras que suponían conceptos alrededor de los cuales podía moverse, pero advirtiendo que «sólo se ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido», mientras ellos se deshacían en su boca como «hongos podridos». 

Aludiendo a la «triada clave» -lenguaje, verdad y lógica-, que parecen estar en el discurso de Hofmmansthal Steiner dice que «la auténtica significación exige pruebas» y trae a colación el final del Tractatus de Ludwig Wittgenstein que dice «sobre lo que no se puede hablar, hay que callar».                                                                    
Tomado del blog



                                 


La Carta de Lord Chandos

Mi Lord: Espero que no os alarme ni os disguste esta misiva, aunque he dudado durante largo tiempo antes de enviarla, y no lo he hecho sino tras convencerme de que, cualquiera que sea el pesar que os atenaza, no ha mermado vuestra sensatez y vuestro gusto por la veracidad. Nuestro señor Francis Bacon — como sin duda sabréis, ya podemos al fin llamarle así desde el pasado 23 de Julio—, conociendo la antigua amistad que nos une y recordando en cuánto estimaba yo y estimo todo lo que viene de vuestra pluma, ante la perspectiva de que este que le habéis enviado sea el último de vuestros escritos del que podamos disfrutar en estas tierras, ha tenido a bien dármelo a leer en aquellas porciones que no tocan lo personal, pues él se ha visto obligado a partir de viaje para atender unos asuntos bien enojosos que requieren inexcusablemente de su dedicación, y vuestras palabras le han dejado tan desolado y, como acaso fuera mejor decir, tan confuso, que desconfía encontrar una manera apropiada de responder a ellas (quizá imagináis que, desde que nuestra amada reina Isabel dejó este mundo hace unos meses, no han dejado de sucederse acontecimientos inquietantes y graves para quienes tenemos vínculos con la corte, Dios ayude a nuestro valeroso Rey a pacificar los ánimos y a calmar las ambiciones). Y no es que yo pueda presumir de haber hallado algo que deciros que alivie el sufrimiento de vuestra alma, sino simplemente que lo avanzado de mi edad y el hecho de estar ya libre de los trabajos de otros tiempos me hacen sentirme autorizado (por la indulgencia que siempre habéis mostrado para con mis opiniones y por el estímulo con que a ello me incita nuestro común y admirado amigo) a comunicaros mis propias cuitas, por si ellas pudieran, ya que no sanar  vuestro mal, al menos servirle de compañía, pues es sabido que las aflicciones se atenúan cuando quien las padece tiene noticia de que no sufre en solitario. No es mi intención ni mi deseo hacer eso que vos llamaríais “abrir mi alma”, pues temo que, si obrase así, los demonios y estruendos que saldrían de ella os causarían más desasosiego y espanto que consuelo. No tendré, pese a todo, más remedio que dejaros ver algún rastro del estado en que hoy se encuentra, con la esperanza de que el escándalo que pueda produciros sea compensado por la amistosa sinceridad que inspira cada una de mis afirmaciones, y en la certeza de que trataréis estas últimas con la discreción que os caracteriza. Decís haber perdido la facultad de abarcar como un todo los escritos de otros tiempos que antaño os valieron como modelo y ejemplo; confesáis que habéis extraviado el hilo de sentido capaz de hacer de las palabras sueltas algo más que una sucesión accidental de vocablos, y que ello os impide narrar las efemérides de los reinados y hace que se os escape aquella vértebra oculta y poderosa que todos hemos sentido alguna vez como armazón misterioso de las fábulas y relatos de la Antigüedad y que hoy parece haberles abandonado en la triste condición de cuentos de viejas y chismes de criadas; decís que ello os impide, no solamente devolver la vida a los inmortales mitos en donde beben nuestras lenguas su significado, sino incluso percibir la unidad profunda de la naturaleza y el espíritu que siempre animó las grandes obras de genio de la humanidad. Pues bien, mi querido Philipp, creo que al menos puedo descartar que la vuestra sea una enfermedad singular que tengáis que mantener en el secreto de vuestra soledad más inexpugnable, porque tal padecimiento no es, en mi modesta apreciación, nada más que el modo como un corazón sensible experimenta el de su tiempo, un tiempo del cual, pues está muy puesto en razón que no me sea dado vivir más que una pequeñísima parte, me siento capaz de adelantar una cierta imagen, ya que no he de temer el avergonzarme cuando el porvenir la desbarate porque ni estaré aquí para ser amonestado por mi falta de decoro, ni ésta habrá traspasado más límite que el de la confidencia privada a un amigo en una carta dictada por la simpatía y la franqueza. Vos no podéis rememorar la historia de nuestro gran Enrique. Sin duda, otros lo harán (también este proyecto está en la mente de vuestro destinatario epistolar) y lo seguirán haciendo durante siglos, mientras quede recuerdo en la tierra de su glorioso nombre, pero ello no devolverá a estas narraciones la vida que tenían en mi juventud y que vos, con agudo instinto, echáis en falta. Las palabras, como vos decís mejor que yo, ya no nos sirven para eso, han perdido el poder que en otro tiempo tuvieron, sin que los narradores tengan culpa ninguna. Personajes como nuestro antiguo y amado Rey se van hundiendo poco a poco en las tinieblas de lo inverosímil, y muy pronto se confundirán en la memoria de nuestros descendientes con criaturas de pura fantasía de cuyas hazañas habrá desaparecido toda sombra de verdad, espectros que vagarán por las páginas de los libros sin un solo lector que crea en su existencia con la misma fe que alguna vez creímos nosotros, para quienes el entendimiento de todo aquel período, de sus dichas y sus desventuras (pues aquel Rey y su reinado fueron tan luminosos como sombríos),era tan natural como la respiración. Así como vuestra poesía se ha quedado sin verdad, asimismo la verdad se ha quedado sin poesía.

Aunque sé que este nombre no es escuchado sino con disgusto entre los jóvenes de Inglaterra, Aristóteles dejó escrito que la poesía es más elevada yfilosófica que la historia, porque refiere los hechos como si estuvieran a travesados por una cadena de sentido que los ordena hacia una finalidad. Entre los poetas de nuestros días, sólo hay uno del que espero que pueda elevar nuestra lengua hasta las cumbres del esplendor que descubrieron los clásicos, y por ello me he esmerado en recomendar al hijo de mi añorado Lord Bacon la adquisición de sus obras y su conservación en los anaqueles de su extensa biblioteca junto con las de aquellos otros que le sirvieron de inspiración y según el inteligente artificio de archivo que ha ideado para tener en orden sus papeles; algunas noches le he visto, abatido por sus muchas ocupaciones en la corte, meditando con las obras de este poeta del que os hablo (a quien supongo que conocéis bien y al que no necesito encomiar ante vuestros experimentados ojos), e incluso recitar en alta voz algunos de sus versos acerca de la cortedad de la gloria y de lo ilusorio del objeto de nuestras codicias, versos que luego he oído resonar en los propios escritos de nuestro amigo, colocados con sabia disposición. Con todo, incluso este augusto poeta es ya un epígono en comparación con sus antiguos ascendientes, como se puede notar en lo bárbaro de sus historias y en la mucha fantasía que añade a la fábula, que a veces parece diluirse en ella como en una espesa niebla, corroborando así lo que sin duda acontece en nuestra época; y es que aquello mismo que el Estagirita consideraba maravilloso hoy nosotros lo encontramos afectado y postizo, y por ello le hemos tomado afición a una clase de historia que, según el Filósofo, si se le retira la poesía, no puede ser más que secuencia de los hechos unos tras otros sin consecuencia alguna. Para los que han de venir, como ya para vos, los relatos de todas estas cosas no serán más que una sucesión accidental, más o menos afortunada, de voces despegadas de la realidad, como ecos percibidos en un estado de ensueño. Y a todo aquel que, como vos, persista en considerar tal complexión de las cosas como una enfermedad, y no como la verdadera salud en la que se ha convertido, le esperan las más amargas invectivas. Sólo desde este punto de vista os recomiendo que sigáis siendo reservado sobre vuestro malestar. Pues mirad que esta condición, aunque penosa por muchos conceptos, tiene la ventaja de hacer la vida más ligera y las acciones más triviales y menos necesitadas de reflexión, ya que no es menester hallar grave y digno de meditación aquello que en cualquier caso resbala sobre el mundo como sobre un suelo demasiado encerado, y discurre por su superficie sin empañar ni penetrar su cuerpo. Y aunque vivir de esta manera hace a los hombres, a la larga, más ruines y temerarios, en el plazo inmediato les trae la conveniencia delo que no tiene relieve y se deja moldear a gusto de su sujeto como una colección de diversiones y experiencias de las que tanto hace gala nuestro siglo.

Sería fácil conjeturar, mi Lord, que esta impresión de caducidad de la que hago mención es la que aguarda a todos los hombres que, como vos, transitan de una época a otra, y que el resentimiento que algunos como yo expresan contra las novedades de su tiempo no es más que reflejo de su inadaptación a la situación sobrevenida, una inconveniencia que la naturaleza curará por sí sola haciendo pronto desaparecer a los descontentos. Sería fácil, en suma, sugerir que simplemente estamos atravesando el umbral de una generación, saliendo de un mundo y penetrando lentamente en otro, como ha venido sucediendo durante centurias. Sin embargo, si yo me atrevo a tomar en serio vuestra melancolía es porque estoy firmemente convencido de que no es así. Es cierto que vamos dejando atrás un universo y que se está viniendo abajo el edificio en el que solíamos habitar. Lo falaz es la idea de que el lugar hacia el que nos dirigimos sea otro mundo o de que vayamos a acomodarnos en otro edificio, incluso más confortable que el antiguo. La vida nunca fue para los mortales una tarea fácil, y cosas tales como elevar edificios y buscar en ellos acomodo forman parte del desvelo con que los hombres hemos procurado hacer mundos y habitar en ellos de la manera que es propia denuestro origen. Este denuedo no solamente obliga a conocer el medio que se ha de acondicionar, sino también a contener aquellas fuerzas que podrían destruir la obra y a huir de los emplazamientos menos seguros; y esta sabiduría, atesorada en las mismas piedras que sostienen las ciudades, es la que hasta hoy los hombres heredaban de su estirpe. Como esta larga cadena se ha roto, y como los medios para la construcción han progresado como nunca hasta ahora, hemos comenzado a fundar ciudades en esa región maldita que nuestros antecesores evitaron con prudencia y a descuidar la represión de las furias diabólicas que amenazan toda composición humana; es más: ajenos a todo temor de Dios, hemos confiado a esas mismas furias la energía que ha de alimentar nuestros mecanismos. Pero creédme: aquello a lo que nos aproximamos no es un mundo, ni es habitable, es sencillamente

L a total falta de mundo y la total imposibilidad de habitar. En ese imposible es en donde hemos decidido instalarnos. No es extraño, por tanto, mi doliente amigo, que vos sintáis la Antigüedad como un castillo ya derruido y lejano en cuyas cámaras hoy nuestra lengua no encuentra su morada; los vínculos que nos unían a ella han sido cortados por un cuchillo de un poder hasta ahora desconocido por todos los monarcas que podemos recordar, y tales lazos, una vez rotos, no pueden reconstruirse; no es raro que veáis dolorosamente en vuestra alma separarse a la naturaleza y el espíritu, pues en verdad acaban ambos de emprender una contienda que ya nunca cesará, ni siquiera cuando tanto la una como el otro hayan agotado sus fuerzas y no quede de ellos más que una discordia sin espíritu y sin naturaleza, aunque no por ello menos violenta. He aquí, a mi parecer, al menos una parte de la explicación de vuestra apatía: la colección de aforismos que teníais proyectada se ha marchitado antes de ver la luz porque ha perdido su sentido, Philipp, porque ya no nacerán nunca los hombres que mediante ellos pudieran reconocerse y hacerse más sabios.




Mi Lord:Espero que no os alarme ni os disguste esta misiva, aunque he dudadodurante largo tiempo antes de enviarla, y no lo he hecho sino tras convencerme deque, cualquiera que sea el pesar que os atenaza, no ha mermado vuestra sensatez yvuestro gusto por la veracidad. Nuestro señor Francis Bacon — como sin dudasabréis, ya podemos al fin llamarle así desde el pasado 23 de Julio—, conociendo laantigua amistad que nos une y recordando en cuánto estimaba yo y estimo todo loque viene de vuestra pluma, ante la perspectiva de que este que le habéis enviadosea el último de vuestros escritos del que podamos disfrutar en estas tierras, hatenido a bien dármelo a leer en aquellas porciones que no tocan lo personal, pues élse ha visto obligado a partir de viaje para atender unos asuntos bien enojosos querequieren inexcusablemente de su dedicación, y vuestras palabras le han dejado tandesolado y, como acaso fuera mejor decir, tan confuso, que desconfía encontrar unamanera apropiada de responder a ellas (quizá imagináis que, desde que nuestraamada reina Isabel dejó este mundo hace unos meses, no han dejado de sucederseacontecimientos inquietantes y graves para quienes tenemos vínculos con la corte,Dios ayude a nuestro valeroso Rey a pacificar los ánimos y a calmar lasambiciones). Y no es que yo pueda presumir de haber hallado algo que deciros quealivie el sufrimiento de vuestra alma, sino simplemente que lo avanzado de mi edady el hecho de estar ya libre de los trabajos de otros tiempos me hacen sentirmeautorizado (por la indulgencia que siempre habéis mostrado para con misopiniones y por el estímulo con que a ello me incita nuestro común y admiradoamigo) a comunicaros mis propias cuitas, por si ellas pudieran, ya que no sanar


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